Enero 28, 2003

Demandas sociales, docencia adaptada y eLearning

Guardado en: Artículos, ÍÑIGO BABOT — Pablo Odell @ 10:34 am

Reflexión sobre las nuevas exigencias sociales en el terreno de la formación, que potenciarán extraordinariamente el papel del eLearning.

(Tiempo estimado de lectura: 4 minutos)

Es destacable comprobar cómo en todas las épocas, hasta el s. XIX inclusive, se consideraba radicalmente separada la etapa de la vida en que una persona debía estudiar y formarse (infancia, adolescencia y primera juventud), de aquella en que era ya un profesional que ejercía su oficio, no precisando de más educación (segunda juventud, edad adulta y vejez). Entre ambos períodos no había ningún solapamiento: uno era un alumno o un aprendiz y, después, era un profesional. Ver a un estudiante de treinta años, por ejemplo, hubiese resultado tan insólito como ver a un trabajador (considerado como tal) de diez o quince.

Esto resultaba bastante lógico, por cuanto el ritmo de avance de los conocimientos y las técnicas era lento y no exigía seguir formándose a lo largo de una carrera. Por ejemplo y para una disciplina compleja como la medicina, cuando un joven ya se había educado como médico, podía ejercer la profesión todo el resto de su vida sabiendo que, en su vejez, el estado del arte sería muy parecido al que existía cuando terminó sus estudios superiores.

Con la llegada de la Revolución Industrial esto empieza a alterarse drásticamente. El ritmo evolutivo de la técnica y la tecnología se acelera notablemente, la productividad crece exponencialmente y ello arrastra tras de si una espiral de vertiginosos cambios en otras muchas disciplinas. El entorno de cualquier trabajador se hace mucho más complejo, cada vez más especializado, y los continuos descubrimientos, inventos y avances en varios campos provocan que un profesional esté cada vez más impelido a reciclarse periódicamente para no ver caducar sus conocimientos, a compaginar su actividad laboral con un cierto estudio de las nuevas tendencias.

Al principio de esta nueva era, muy pocos adultos serán conscientes de que deben trabajar y volver a formarse, aunque sea un poquito y muy de vez en cuando, para no perder eficacia.

Mediado ya el s. XX, la actualización continua en la propia profesión va adquiriendo mayor importancia, pues los cambios se suceden con creciente velocidad, llegando a hacer obsoletos conocimientos que, muy poco tiempo atrás, parecían verdades absolutas.

Esta circunstancia empieza a ser detectada primero por algunos profesionales liberales (ingenieros, abogados, médicos, arquitectos) y, después, por el conjunto de individuos y empresas.

Empiezan a aparecer lo que se da en llamar programas de reciclaje, programas de actualización, programas de educación continua, masters, etc., segmentados por especialidades y con un enfoque reglado que intenta ser muy práctico.

En la década de los 70 ya se habla frecuentemente de la formación permanente como una necesidad que, a la larga, todos deberemos cubrir (como se aprecia en La educación permanente, Ed. Salvat, Barcelona, 1976).

Paulatinamente, las grandes corporaciones quieren adaptar la instrucción continua de sus equipos a sus requerimientos concretos y nacen los programas In Company. Con ellos, el miembro de una empresa ya no debe ir a cursar programas en centros formativos: los profesores de prestigiosas escuelas docentes acuden a las compañías para impartir, in situ, la educación, al tiempo que la modifican en función de las necesidades específicas de la organización que debe recibirla.

En la década de los 80 y 90 sigue acelerándose el ritmo de cambio y se vive un período de fuerte crecimiento económico (con una crisis importante en 1993). El entorno laboral se va haciendo más complejo, interdependiente y fluctuante. A los profesionales se les exige cada vez más productividad pero, a la vez, se necesita que estén al día en los últimos avances. Un factor (más horas de trabajo) unido al otro (más horas de formación y preparación para el correcto desempeño funcional) hacen que la jornada laboral se quede corta. Se necesitarían más de siete días a la semana para todo lo que se tiene que hacer y aprender. Pero, por otro lado, en la sociedad del bienestar cada vez se demanda más tiempo de ocio.

La suma de incrementos:

(más trabajo) + (más formación continua) + (más horas de ocio) = ¿?

conduce al individuo a una ecuación de resultado muy incierto, en la que falta tiempo por todas partes.

En el s. XXI, entramos en una nueva etapa en que se deberá dar solución a la adición anterior. Las organizaciones no pueden perder competitividad ni rendimiento en sus equipos (ahora menos que nunca). Los individuos no querrán perder calidad de vida. Para ello, dos serán las características principales que se exigirá a los centros docentes:

- adaptabilidad
- eficacia

Entramos, así, en la era de la Docencia Adaptada. Y el auténtico eLearning es la más dúctil y amoldable de las herramientas pedagógicas, sin perder eficacia. Entramos, así, en la era del eLearning.

Enero 2, 2003

Learn by Teaching: contribución desde Chile

Guardado en: JAVIER MARTÍNEZ ALDANONDO, Artículos, ÍÑIGO BABOT — Pablo Odell @ 6:49 am

Reflexión de un especialista en eLearning sobre el nuevo método experimental comentado en nuestra anterior entrega: el Learn by Teaching.

(Tiempo estimado de lectura: 3 minutos)

En relación a la anterior entrega de esta revista, Learn by Teaching, he recibido una contribución desde Chile del experto que allí se citaba: Javier Martínez Aldanondo.

He pedido su permiso para publicarla por ser una reflexión muy interesante sobre el tema tratado.

Aprovecho para agradecer sinceramente las varias contribuciones de prestigiosos especialistas y lectores a esta revista, pues la enriquecen enormemente y le dan mucha mayor pluralidad.

Sin más, doy paso al mensaje de Javier:

Estimado Íñigo,

En referencia a lo que comentas en tu articulo Learn by Teaching, en efecto lo comparto plenamente. El estadio superior del conocimiento se pone a prueba y se demuestra cuando tienes que ayudar a que otros aprendan.

Las personas no aprenden CUANDO lo deciden los profesores (todos los lunes de 3 a 5) sino cuando ellos lo necesitan o les interesa y además aprenden lo QUE ellos quieren y no lo QUE los profesores queremos que aprendan.

Por tanto, una persona no puede estar segura de que sabe algo hasta que se pone en la situación de ayudar a que otras lo aprendan. Y me refiero a saber como conocimiento tácito, el saber HACER que aplicamos a diario en nuestro trabajo y que, sin embargo, no somos conscientes de ello ni jamás hemos aprendido en un aula sino a lo largo de años de trabajo, con la experiencia. Este conocimiento no se transmite directamente sino que los alumnos lo deben construir (y hace falta tiempo, motivación y la posibilidad de practicar para construirlo) y nosotros ayudarles en esa tarea.

El conocimiento explícito, la información, lo transferible directamente a otras personas mediante transparencias de PowerPoint no tiene un valor especial. Hay muchos libros y fuentes de información infinitas (mas aún con la desorganizada biblioteca Internet) que lo recogen con mayor detalle y precisión de lo que nosotros haríamos.

Ahora bien, convendrás conmigo en que el 90% de la formación/enseñanza/educación o como queramos llamarla es básicamente transmisión de información: no son experiencias enriquecedoras para los alumnos y menos aún para los profesores.

Para este ejercicio, viene muy bien este juego de palabras: para Enseñar a Aprender, primero hay que Aprender a Enseñar… y aquí radica el gran problema. La mayoría de los profesores identifican Enseñar con decir a los alumnos como son las cosas o como deberían hacerlas. Escucha, toma apuntes, no preguntes nada que esté fuera del guión y haz el examen respondiendo como yo quiero que lo hagas (verdades absolutas).

¿Es esto enseñar a aprender? ¿Cuál es el papel de los alumnos? Y, viéndolo desde el punto de vista del aprendizaje y del profesor, ¿qué aprende un profesor? NADA. El profesor es incapaz de enseñar a aprender porque jamas ha aprendido cómo enseñar. Siempre ha jugado un rol pasivo. Como alumno, se le llenó la cabeza de datos como el coche cuyo depósito hay que llenar de gasolina y, cuando ha llegado a ser profesor, se limita a repetir el modelo que siempre conoció. Resultado: el alumno aprende poco y se olvida de todo y el profesor no aprende nada, se aburre y se frustra (por eso los profesores huyen de las clases, porque no les aportan nada, no les enriquecen).

Sin embargo, si el profesor adopta la postura de guía, de facilitador, ayudando a que el alumno descubra y construya su camino, se haga preguntas, explore, investigue, se equivoque, estará en una posición de que poder aprender tantas cosas nuevas como alumnos tenga HACIENDO cosas, investigando, buscando soluciones, etc.

Como resumen de esto, ayudar a otros a aprender es el último peldaño de la escalera. Si lo superas, matrícula. Lo malo es que no se trata de hacerlo de la forma que se viene llevando a cabo desde hace tiempo, como una caja de resonancia. Como he dicho, más bien hay que conseguir que el alumno haga: ser guía. Y es para cambiar este esquema donde podemos apoyarnos en la tecnología y utilizarla como excusa para romper el único modelo anquilosado que lleva varios siglos sin evolucionar.

Cuidate mucho y saluda a todos de mi parte,

Javier Martínez Aldanondo