Publicado por Henry en
Eventos XXI el 11 26th, 2009 |
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La Conferencia Inaugural de la Feria del Libro Digital estuvo a cargo del escritor Lorenzo Silva (o novelista, como se indica en su perfil en Wikipedia).
Como mencionamos en nuestra entrada sobre la FLD, la simultaneidad de la misma con la Mesa Redonda “Publicaciones digitales: formatos – dispositivo – contenidos. ¿Hacia dónde va el libro digital?” y la falta de cobertura de la misma, tuvo como consecuencia que sólo pudieran disfrutarla los que decidieron asistir a la misma.
En nuestra opinión, fue una conferencia excelente, en la que Lorenzo planteó de manera amena e inteligente el rol de las máquinas, los contenidos y los sujetos, incorporando en su reflexión a casi-todos los sectores de la cadena de valor editorial (¿y los agentes literarios Lorenzo?) y sin dejar fuera prácticamente ninguno de los temas “calientes” que atribulan al sector. Una conferencia que hubiera merecido ocupar la tarima principal de FICOD, publicada completa en video, y que sin duda hubiera generado un rico debate. Lorenzo es uno de los pocos autores que reflexiona, opina y propone roles de autor en esta revolución que conmueve a nuestra industria editorial
Abusando de nuestra relación con él, le consultamos la posibilidad de que compartiera al menos sus notas con nuestros lectores. Así, el texto que incluimos más abajo, son las notas de su conferencia que amable —y coherente con su concepto de la red— nos ha facilitado.
De su fragmentaria lectura (no es lo mismo leer las notas que escuchar la exposición), el lector dispuesto sabrá extraer elementos para la reflexión. Como corolario, no podemos dejar de recomendar, especialmente para aquellos que no lo hayan visto, su intervención en las Jornadas “Del Sinodal al Digital” organizadas por el Ministerio de Cultura en colaboración con la Feria del Libro de Madrid.
Gracias Lorenzo.
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Lorenzo Silva en la Conferencia Inaugural de la FLD
INAUGURACION FLD 09
LAS MÁQUINAS. EL QUÉ.
Aspecto menos relevante, pero no indiferente (novela/imprenta).
Inmadurez actual. Laptop o smartphone dispositivos maduros, superiores, por polivalencia, compatibilidad y diseño para su propósito.
Potencia del libro-papel como soporte vs. precariedad de otros.
Petulancia (ignorancia) en el desprecio al libro tradicional. Dará la cara, y debemos alegrarnos de que así sea.
No tenemos que hacer como con las discográficas/comercio del disco, que daban poco valor añadido. Libro y sector editorial han dado y dan mucho valor a la cadena. Igual que libreros.
Reparto razonable y creciente a favor de e-book. Espacios inequívocos para éste: referencia, dominio público, fondo, acceso universal. Espacios más dudosos: libros favoritos, libros-objeto, regalo.
Precisión importante: dominio público y acceso público de lectores desfavorecidos, no es lo mismo que la apropiación indiscriminada de contenidos con copyright.
CONTENIDO. EL QUÉ.
Escepticismo frente al influjo en contenidos de la revolución digital, entre los sectores inmovilistas de la cultura tradicional. No es tan importante. Ya fallaron en el pasado (v.gr. novela policiaca).
Inevitabilidad de que el cambio de soporte afecte a los contenidos: ya lo hizo en otros momentos históricos. Y no pasa nada. Y enriquece.
Pero además: la revolución tecnológica revoluciona el modo de vida. Nuevas realidades que contar.
Formatos que funcionan en el entorno digital: microficción, poesía, híbridos, interactividad. Florecerán y no es malo, puede incluso ser una reivindicación justa y necesaria de escritores postergados.
Afecciones a los formatos clásicos: novela, contenidos, formas del discurso, surgimiento de alternativas a la linealidad y aun a la fragmentariedad convencional.
Nuevos escritores, nuevos contenidos: enriquecimiento y diversificación de los discursos. También riesgo de vulgarización, sin duda. Pero cada nuevo espacio de expresión crea sus criterios de excelencia. Y a riesgo se opone la posibilidad de mejor pervivencia de toda corriente minoritaria, ahora interconectada a través de la Red.
Paradigma de autor que ha conectado: Larsson. Su éxito no es ajeno a su permeabilidad a las TIC.
Nuevos frentes para viejos desafíos: el chat como nuevo formato dramático puro, de creación del personaje a través del lenguaje.
El flujo de conocimiento, alimentando a todos los narradores (y poetas) como nunca antes. Las bibliotecas virtuales de dominio público. Mejoran el background de cualquier creación literaria.
La retroalimentación instantánea de los lectores, con sus consecuencias de mayor exigencia, mayor percepción de (todos) los matices. Invitación para algunos a la respuesta histérica; para otros, por el contrario, hacia un menor dogmatismo.
LOS SUJETOS. EL QUIÉN.
La hora del Lector…
… y del Autor.
La democratización del conocimiento y la posibilidad de intervención de lector/usuario no deben hacer olvidar que la creación tiene siempre una poderosa componente individual, y que la excelencia artística es cuestión de talento, bagaje o genio personal.
Lo que la Red presta, y el libro electrónico fomentará, es la posibilidad de articular un espacio de experiencia directa del intercambio por parte del lector y el creador. Que mejorará el trabajo de éste al hacerlo más autoexigente, más ágil, más sensible al exterior, que podrá enriquecer las creaciones de unos con la intervención de otros, pero que no acabará nunca con el valor de la autoría, del genio o el talento individual. Ni tiene por qué: la aspiración al reconocimiento individual es una aspiración legítima y que enriquece el patrimonio común.
Pero el autor se enfrenta a cambios sustanciales. El nuevo entorno (sin perjuicio del derecho de cada cual a ignorarlo si le place) reclama un autor menos ensimismado, más atento, más abierto, que dispone de mejor información, más la posibilidad de la relación directa en todos los ámbitos, sin intermediarios. Mayor conciencia, de lo que escribe y de lo que logra. Mejor comunicación, mayores posibilidades de establecer el vínculo afectivo que la creación plantea y, cuando funciona, establece. Puede sufrir una cierta disminución de ingresos por vías tradicionales: pero será relativa, en función de la transformación de su actividad y de la diversificación de canales para dar salida a su producción intelectual (también con su correlato económico).
Editores, libreros y distribuidores. Cuanto más pesa la función de manipulador e intermediario en el circuito logístico de una mercancía física, más afectados resultarán. Por tanto, los perdedores que más claramente se vislumbran del desplazamiento parcial del libro de papel por el electrónico, tanto más cuanto más intenso resulte a la postre, son sin duda los distribuidores. Pero su negocio es fácilmente reconvertible a la distribución de otras mercancías, aunque quizá deban en éstas ajustar los márgenes, algo incontrolados y ciertamente generosos, que tienen en el sector del libro.
Los libreros, en cambio, pueden y deben subsistir con plena pujanza. Y permítaseme hacer un llamamiento para velar por su supervivencia. Han enriquecido, y enriquecen, tanto el mundo del libro como el tejido cívico de nuestros pueblos y ciudades. Quizá haya que apostar por su reconversión, combinando la librería física y la virtual, con márgenes más estrechos pero no nulos, porque hay un valor en su recomendación y en su creación de contenidos sobre literatura. Apostemos, incluso, por su protección pública, si es preciso. No lo merecen menos que los clubes de fútbol, que es más dudoso lo que aportan a ese tejido cívico. Cómo se financie esto, es cuestión abierta al debate.
Los editores. Pueden y deben sobrevivir. El buen editor es creador, además de prescriptor, orientador, depurador, potenciador, mecenas, soporte e impulsor de la creación literaria. También defiendo su subsistencia, y el mantenimiento de ayudas públicas a este sector económico, si hicieran falta, porque si se destruye el tejido editorial se está destruyendo una parte crucial del tejido de conocimiento de un país. Aunque los editores también habrán de espabilar, y ofrecer por ejemplo por los nuevos medios de edición una vía a los nuevos talentos, esos que hoy en el negocio basado en el libro de papel, que ha de venderse masivamente para ser rentable, lo tienen francamente crudo.
Los lectores. En ellos se asienta todo, ellos son los primeros, el colectivo que más debemos cuidar y que debemos procurar hacer crecer. Pero eso no implica que se les conceda derechos ilimitados, y menos a costa de derechos de otros, no menos imprescindibles para que el mundo del libro funcione y goce de buena salud.
Defiendo y celebro su protagonismo, su nueva capacidad de ejercer el poder sobre el mundo de la creación literaria de forma más efectiva y transparente, porque la literatura es un ejercicio de seducción y el riesgo y la tensión inherentes a eso no deben asustar al autor.
Defiendo el acceso cada vez en mejores condiciones al dominio público, con contenidos de calidad y con apoyo de los poderes públicos; así como el acceso público, a través de las bibliotecas con su necesario brazo virtual, de modo que se garantice la extensión universal de la cultura y la supresión de barreras de renta para alcanzarla. Incluyendo, por tanto a los más desfavorecidos de nuestras sociedades, pero también de los países hoy pobres y sometidos a la brecha digital (y cuyos habitantes no pueden ni piratear, por falta de ancho de banda).
Defiendo y practico desde hace más de una década, el altruismo del creador, en coherencia con una relación en la que intervienen elementos afectivos, de persuasión, e incluso de gratitud hacia quienes, leyéndote, hacen existir y vivir tus libros.
Pero no puedo defender la obligatoriedad de facto de ese altruismo, vía legitimación del apoderamiento indiscriminado de la creación ajena, incluso cuando el creador se opone legítimamente (ya que es el dueño). Es barato y demagógico defender algo porque le conviene a uno (ignorando a otros), porque uno es sólo receptor y no productor de contenidos valiosos. Hay que salir al paso del facilón discurso pirata, y abogar por un equilibrio de cesiones y concesiones recíprocas. Flexibilizando el acceso la industria, y asumiendo reglas y restricciones los internautas. Haciendo cumplir la ley de forma inteligente, sin criminalizaciones masivas y absurdas, pero sin abdicar de la protección de derechos reconocidos y respetables. Eso sí: la administración no va a resolver el problema si no hay un consenso social.
Y en cuanto al malhadado canon (sobre soportes y sobre beneficios de operadoras, añado), no es filosóficamente absurdo, aunque sea complejo de implantar y de manejar. Y no puede desecharse sin más objetando el reparto y señalando su dificultad. Sino fiscalizar ese reparto y hacerlo lo más justo y razonable posible. Como también debe ser razonable cualquier exacción que en su caso se fije, y que no debe dificultar el acceso de nadie. Y hemos de estar abiertos a encontrar alternativas mejores, menos polémicas y problemáticas, y colaborar todos en su búsqueda activa, no inhibiéndonos, ni en un extremo ni en el de enfrente, porque es el problema del otro.
El libro de papel y el digital van a tener que pactar. Hay sitio para los dos, los dos representan posibilidades y mundos valiosos. En nuestra mano está ser inteligentes y evitar la guerra. Como aquellas en las que cayeron otros más débiles, peor pertrechados, y que al final suponen pérdidas para todos. Si el autor se ve reducido a la categoría de paria al que sólo se le paga si apetece, salvo que logre convertirse en popstar, eso empobrece dramáticamente el panorama de lo que leemos (tanto por el lado del que consigue la fama como del que no). Si el lector no tiene cauces flexibles para acceder a los contenidos en función de sus circunstancias, acaba resbalando por la pendiente que conduce a la piratería. Pero si pactamos, seamos justos y racionales: premiemos los esfuerzos del prójimo, atendámonos unos a otros. Si cada uno se abandona sin más a sus instintos, caeremos en el más triste de los desencuentros. Porque la música o el cine son espectáculos, y por ahí encuentran su salida, también económica. Pero la literatura es el espacio de reflexión y comunicación íntima de las personas. No hay espectáculo que la salve (y mejor que no lo intentemos por ahí). Y si la desmantelamos, caeremos en un mundo todavía más banal, más irracional y más atolondrado que este en el que ahora vivimos.
Pero no seré apocalíptico. Al cabo de treinta años escribiendo y cuarenta leyendo, tengo una fe indestructible en la gente del libro, y con ello me refiero tanto a los que los hacen como a los que los leen. Lo cuidaremos. Seguiremos siendo, ya miremos la pantalla, el papel o más lógicamente ambos, esos felices pocos que decían los antiguos. Y quizá de esto podamos sacar ser algunos más, sin dejar de ser felices.