
Mi primer día de trabajo en Granada, Nicaragua, empezó temprano. Era normal pues que con el sol de mediodía apretando tropicalmente las clavijas de mi ‘to be or not to be’, todavía en el invierno del hemisferio norte, necesitara sombra y un roncola helado. Así que salimos disparados a la terraza delante del Convento de San Francisco… ¿Y qué me encuentro allí?
Una sajona muchacha enfrascada en su lectura… y ¡chas! le saco una foto sin pensar, pensando ya en nuestro próximo IV Verano Tökland de Fotografía… que ya mismito inauguraremos en cuanto regrese de la Feria del Libro de Madrid. Y en eso que llega el día y me pongo a editar la imagen. Claro, entre el calor, la necesidad de un trago y toda la emoción nicaragüoide, no presté atención a los detalles. Pero ahora sí se los presto y me quedo boquiabierto, tentetieso, patidifuso, maniroto, no sé… Ya me pareció que la muchacha tenía más aspecto de ser una jugadora de voley playa que de turista accidental en Granada, total hoy, una cachucha Nike y una camiseta de tirantes a juego lo lleva cualquiera. Pero es que me fijo en su dieta y pienso, ya te vale corazçpn, venirse a Granada a desayunar hotcakes con jarabe de arce y café con leche a pleno sol de mediodía… hay que ser curioso digo yo ¿no?

Pero es que al fijarme en su lectura… sospechando que quizá andaba leyendo a ‘Rouben Dariou’… o a ‘Alfonsou Cotés’… ¡Leches! Pero si está leeyndo “Tres hombres en una barca” de Jerome K. Jerome… ¡Y en inglés además! O sea, que se recorre medio mundo la muchacha para venirse a mamar una historia inglesa, que habla sobre ingleses (con un gran sentido del humor eso sí, ese que caracteriza a los ingleses y que hace que se rían de ellos mismos).
En el prefacio de la primera edición, fechado en Londres, en agosto de 1889, se lee:
La principal belleza de este libro no reside tanto en su estilo literario o en el alcance y utilidad de la información que proporciona como en su simple veracidad. Sus páginas constituyen un registro de acontecimientos que ocurrieron realmente. Todo lo que se ha hecho es darles color, y ello sin recargo alguno de precio. George y Harris y Montmorency no son ideales poéticos, sino seres de carne y hueso… especialmente George, que pesa unos ochenta kilos. Quizá otras obras sobrepasen a ésta en profundidad de pensamiento y conocimiento de la naturaleza humana, y otros libros rivalicen con éste en originalidad y tamaño, pero, en lo que toca a veracidad sin esperanza ni curación posible, nada descubierto hasta el presente puede superarlo. Creemos que este encanto, por encima de los demás que lo adornan, dará a este volumen un valor precioso para el lector atento y prestará peso adicional a la lección que el relato contiene.
Pues qué quieren qué les diga: se me ocurren otros tragos en Granada un mediodía de soleado tropical, se me ocurren otras dietas, otras lecturas, otras miradas… Por suerte hay gustos para todos y todos los gustos, porque como bien a comentado mi Jerom, que de eso sabe un rato, quizá era una estudiante afincada en Granada, disfrutando de un pedacito de nostalgia. ¡Hay que ver lo que ensucian los prejuicios!