La insoportabilidad del soporte

Por Canek Sánchez
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Ya no viajo con libros. Claro que por el camino compro alguno, me regalan otro, los leo y cada vez que paso por casa los dejo para salir otra vez vacío. Desde que me regalaron el PDA lo he estado llenando de «libros», al punto de que he trasladado el grueso de mis lecturas a ese aparatejo anodino, desprovisto de la gracia del libro mismo (el lector me comprenderá: el olor de la tinta, el tacto del papel, el ensalivamiento de los dedos para pasar las páginas, las hojas que se caen…); sin embargo, siendo lo importante la lectura en sí y despojado del peso que supone viajar con veinte libros, admito sin empacho haberme vuelto un ávido lector de e-books, que en el fondo, me parece, es la más grande revolución de la edición desde que Macintosh hiciera realidad la idea del desktop publishing.
Al principio, lo recuerdo, leer en pantalla me resultaba agotador. Aunque mi relación con la computadora ha estado desde el inicio vinculada al trabajo editorial, solía imprimir para leer y corregir: me resultaba lo más natural. Ya no. Ya no imprimo, o casi nunca lo hago. Las pantallas son cada día menos irritantes en el sentido lumínico del término, amén de su aumento de resolución y abaratamiento, y las muchas horas de lectura en internet me han habituado, poco a poco, a los caracteres dibujados con pixeles.
Aunque el libro ya existía y la impresión xilográfica también, es Johannes Gensfleisch zur Laden zum Gutenberg, con la imprenta de tipos móviles, quien marca el inicio de la industria editorial; industria que en cinco siglos de existencia ha variado mucho desde el punto de vista de la impresión, pero ha utilizado siempre el mismo soporte. Su antecedente más antiguo es el papiro, desarrollado en Egipto hace unos cinco mil años. Fue el primer soporte de origen vegetal, flexible y es de éste de donde proviene la palabra papel. Los chinos lo perfeccionaron durante siglos y los árabes lo introdujeron en Europa.
Mucha de la gente a la que conozco está relacionada con la palabra impresa, y esta discusión aparece a menudo y despierta no pocas pasiones. La histeria en torno a la desaparición del papel parece atenazar a ciertos profesionales del gremio, tanto más ciertos como ancianos son y tanto más histéricos por cuanto hablamos de papel y no, por ejemplo, de la desaparición del mundo mismo. En el caso de la música la situación es otra; siendo una industria del siglo XX sus cambios de soporte han ido a la par de las transformaciones tecnológicas de esa centuria en constante movimiento; el paso del disco a la abstracción transcurrió sin traumas, como algo natural, porque está en la naturaleza de la industria discográfica cambiar de forma cada cierto tiempo; en rigor, el almacenamiento de música en discos duros o dispositivos portátiles no indignó a nadie, a ningún usuario al menos, y al contrario, ha multiplicado el consumo a la vez que permite a artistas emergentes divulgar y vender su música, pasen o no por la «maquinaria». Algo similar podría decirse de la reproducción privada del cine, que ya ocurre en modo binario.
Ahora bien, el papel no va a desaparecer, es la industria editorial la que se transforma de manera radical. Nacen nuevos modos de distribución, directos entre el editor y el consumidor, y a veces entre el autor y el lector, ya sin intermediarios o reduciéndolos cada vez más. Son las relaciones de mercado las que cambian, más que la edición o la lectura. Los precios caen, digamos, de los diez dólares que cuesta un libro al dólar que vale la descarga. Pero ni el libro ni la industria desaparecerán por ello, tan sólo surgen subformas acordes a los nuevos modos de consumo. Los chicos de hoy están acostumbrados a ver el mundo a través de la pantallita, y si no se les dan libros en pantallita no accederán jamás al conocimiento no digitalizado. Paradójicamente, quizá sea el e-book el que le dé nueva vida al Libro, si se tiene en cuenta que los adolescentes de hoy leen y escriben mucho más que los adolescentes de mi generación, y eso gracias a la palabra electrónica, no a los millones de libros que se imprimen cada año…
En Japón se han popularizado las novelas por entregas en el teléfono (¿lo llamamos neofolletín, folletifón?), fenómeno social que factura ya billones de yenes y que ha devuelto la lectura al metro y a las horas muertas en una cultura íntimamente ligada a la tecnología. En el pasado festival de cómics de Angulema, uno de los más importantes de Europa, la novedad fueron las versiones electrónicas de los clásicos de la bande desinée, así como las historietas diseñadas especialmente para la pantalla; y la pantalla, seamos claros, ya no es esa cosa grande y pesada que está sobre la mesa; la pantalla es ahora un teléfono, un reproductor multimedia, un PDA… Lo último en cacharros son los aparatos concebidos especialmente para leer (escasa retroiluminación, suavidad en el trazo tipográfico, librísticas proporciones) y que se encuentran ahora en franca expansión: no pasa un mes sin que aparezca un nuevo modelo, más eficiente y barato que el anterior, más ligero y ergonómico. La lectura digital empieza a ser negocio; eso indica que hay consumo, y mucho. Pero, insisto, esto no lleva a la desaparición del libro tal cual lo conocemos, sino, pienso, a una nueva masificación de la lectura. Tampoco creo que estemos todos obligados a cambiar nuestros hábitos —quien se niegue a la palabra electrónica seguirá comprando libros y periódicos, claro—, pero sí indica que nacen otros modelos de consumo y que la industria, la creación y la distribución literarias deben adaptarse a estas nuevas formas de relacionarse con la letra.
Los blogs han jugado un papel importante en nuestra relación con la lectura, con la escritura y sobre todo con la autopublicación; pero es obvio que las transformaciones son más profundas, incidiendo en el lenguaje mismo. Los SMS y el chat han alterado las leyes ortogramaticales en todos los idiomas; se intuye por tanto que la literatura habrá de transformarse también al contacto con las tecnologías móviles. Una prosa para celular habrá de ser, por fuerza, diferente a una prosa para papel, entre otras cosas porque será escrita con, o desde, el teléfono mismo. La lengua es también algo vivo y en constante transformación. Se enriquecerá por un lado y se empobrecerá por otro. Quizás un día llegue a existir una multilengua internacional nutrida de todos los idiomas; o un microlenguaje chatero, suerte de «kk lol prrt» con el que habrá que apañárselas para hacer poesía y filosofía —faltaba más.
De cualquier manera, pienso que a la postre seremos los lectores los verdaderos beneficiados. Acceder a toda la literatura en cualquier instante y lugar realiza una de mis más oscuras fantasías, y de todas formas, lo he dicho antes, hoy me es habitual salir de casa sin libros pero no sin dispositivo portátil…
















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